Terpsícore


Intima con el firmamento y a la vez agradece su sometimiento sobre las tierras. Se posa en la cresta intuitiva del hombre, derramando su clarividencia en el cosmos que sollozaba el caos de la bestia bípeda.

Quimera, quimera que alza los brazos para suponer el ostento de tal grial del pecado. Musa, musa que subyuga el incesante titubeo de piernas para que el bárbaro se humille, por no poseer el idilio al no llevar el arte móvil de sus caderas.

De un portazo declina el valor peyorativo del rustico acompañante, y por deber suspicaz, amamanta con vino de su seno el descanso báquico que su admirar induce al recorrer por la vena desnuda de sus ensueños. Y sus ensueños se ven condenados por el silencio tabernario del averno, y el averno proclama con el trino la sencillez del rio que recorre su pelvis.

Pero, ¿Qué báratro tiene y al mismo tempo ostenta? ¡No, en su manto jovial! ¡No, en el meandro de sus grupas!, y que dicha afiliación no sea de herencia paradisiaca… Pues la esencia de sus placeres “se tiene y no se ostenta”.

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