Genitalidades


“Vacúnate contra las nimiedades, y que el deseo sea el amparo de tu boca, unas lágrimas de quistes que provocan… las úlceras… del placer…”
Mariano Soto

Éramos dos cuerpos incomodos, arrullados entre sábanas y piernas. Vos,  tenias complejo de retrato, en tu cuello la tensión había sembrado mil tareas de vergüenza, pero, mi brazo se dio a torcer con las tormentas de mis intenciones, y se perdió vuestra cosecha, permitiendo mostrar el otro lado inexistente e indescriptible de tu rostro… “Suspiro”, ¡tu rostro!... Vuestro rostro era un hito que relataba el mejor atajo hacia tus labios. Más arriba de ellos, se interponían en mi camino la bifurcación de tus ojos, dos iceberg teñidos de un sabor amargo, el café en malos tiempos de azúcar, y yo, timoneando hacia el desastre en busca de las ruinas del Titanic y del guion fosilizado de DiCaprio.

De ti, se desprendió una lágrima, que saciaba mis ansias de quedar despierto, y vos, le diste las “buenas noches” a mi mirada, y abrigándola contra los antojos del frio, me inquietaste con el cuento de tu boca… Me decías: “¡Que insignificante es la luz!”,  y mi cuerpo replicaba: “bastante”… El candil superpuesto en el rincón de las hebras y el olvido, donde un trapo nunca tuvo la osadía de despolvar, quiso molestarnos con su dicha, apuntándonos con su talento en nuestros rostros… Pero, apacible e insatisfechos, se vislumbró el deseo de besarnos, o tal vez de acariciarnos, mientras se lubricaban nuestros cuerpos, con la bacteria de la pasión que se desprendía del intento de querernos…

El beso, fue un mito… Recuerdo que estreché el órgano viril a otros principios de la comodidad, vos reías, mientras yo hacia adagios en tus senos, y bañaba el caudal de tu ropa con las intenciones de recuperar su color, en otros lavados… Yo insistí en dejar secar tu vestimenta en la oscuridad, una excusa para agradar el tiempo… Vos cediste, pero me exclamaste: “¡No me toques!, manipúlame con la insolencia de tus argumentos”, y empecé a adorar tu cuerpo, y en mi vista residían aposentos del calvario, solo podía usar la voz para palpar tus muslos, para convencerte,  temía, no quería evocar un silencio prolongado, y citaste: “¡Hasta con los labios encarcelados, sabes penetrar mis afectos!, no te propongo utilizar dos de tus virtudes, puesto que me incitarías muy rápido al orgasmo”… Yo, estuve por una milésima de segundo… estupefacto…

Solías susurrarme: “Esta lloviendo entre mis piernas”, y el coito se hacía más profundo y prolongado, sexo tántrico decías llamarle, ya que condenaba a tu espíritu a percibir las mismas fechorías que practicábamos con nuestros cuerpos. Cada vez el ardor se hacia menos humano, me tallabas en la espalda, de forma simbólica, que me querías. Y gemías, porque mi aliento le daba placer a tu escucha, y te reías, porque la litera normalmente se quejaba, demostrándonos que tan exquisito era el movimiento de nuestras caderas…

Y me vine por ti, buscándote entre los ritos y quinielas, entre el humilde desmayo, mientras vuestra garganta se anudaba… La noche recaía sobre el cielo de tu boca, unos labios desérticos, inundados de frío… Con el aliento de los dos gemías de felicidad, no sabia si abordarte con otros temas, pues siempre te encantaba escucharme tocar el viejo piano de la esquina, reponiendo a tus ganas de volvernos a poseer, a sabiendas de… que… Éramos dos cuerpos incomodos, arrullados entre sábanas y piernas…

Comentarios

  1. Hombre! Me ha encantado!
    Y solo esto se queda en mi mente:
    (...)"no te propongo utilizar dos de tus virtudes"...
    Hermoso!

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    1. No hay mejor manjar que poner palabras en las oraciones de otros! Un abrazo

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