La Euritmia Mística Del Oriente


     Ha de engullir un génesis el barlovento que resopla sobre los dominios fértiles del sur. Noctámbulo el momento, menester de la actitud apocalíptica de la procreación, bajo los yugos de dos cánticos novenarios a beneficio de dudas.
     El fatum  procuro manlevar el prurito, y urdió el germinar de vuestro rostro junto al gremio que subyace inmerso en el horizonte. Más tarde, deprecó con sustento, la confección de vuestra tez lustrina, y os sostuvo su brillantez con organdí. Dicho esto, el fatum exclamó con creces:

"¡Esperad! ¡Forjad el verso de sus hebras, aplazad su mitigar, y alzad por diestra su esbelta silueta!".

     Regocijado bajo el manto de la estética, corona vuestro torrente de filamentos con espigas, sin estremecer alguno, muestra vuestra solida figura al viril ideal de Helios. Aquel semblante que portáis dio benéfica institución erística al Quintilis.

                                                                                       …

     Inmaculada osaban llamarte hasta la fabricación del pecado original, beatífico era el céfiro en vuestro estado inmaterial. El mito incesante lo figuran las aves divinas del cielo:
     Ave Divina 1: Yo solía asomarme sobre el féretro de almas inciertas, contemplaba la soberbia que ha de remembrar vuestro escote, dicho horcajo donde han de morir futuras tentaciones conmovedoras,  ya que donas con el principio del erotismo, calor tosco y viril armonía.
     Si ha de ser mi voluntad, extirparía las alas que me han sometido a vivir sobre estos muelles libres del “amargo pecado”. Pero he de confesarte que ando endeudado de tanto admirarte.
    Ave divina 2: Yo, he de ser un consuelo bramante sostenido de la yaga que ha de sufrir el paraíso. Tu diestra fama flagela el estulto de mi persona, y guardo el rencor de que no te asomáis sobre el alba de mis perdiciones. Mi tácito silencio no comprende porque andáis en el asfalto de la tierra. Iluso me muestro, cuando brotas de un noble crisantemo, esencia que ha de nombrarte como el “suprimir de plagas amorosas”.
    Cuento con la nostalgia, que algún día recibiré una carta de vuestra imaginación, elogiando mi sometimiento desde estos confines climáticos.
     Ave divina 3: Ego, ¿Dónde andáis mi querido Ego?, se marcho con alevosía, al templo de vuestro honor. Mi persona, que ya no poseo, pues de arrebatos vivo, ha de desplegarse sobre el Edén colocado al sur de vuestro busto.
     Con mi afonía he de esperarte, para que rescates de mi, lo que de mi escapó… El violento y ardiente, sístole y diástole de la pasión.

      
     El séquito avaro y mezquino del latifundio venusiano, descarrió la ruta adoquinada de la morada noble que había de anhelarte. Resistían el juicio  de que nadie ha de acarrear la euritmia mística de Venus. En un tanto socavaron el ideal de un progreso social y laboral sobre mantos magmáticos, aludiendo así, al hipotético pesar que recorre vuestra existencia.
    ¡Comedido sonrío ante la muchedumbre que ha de donarte un incierto maleficio!. Pues ha de designarte una fruición de indiscutibles sellos orgásmicos que han de indagar por el placebo de unos labios que sacan de quicio.




     Un espasmo titubeante, venéfico vino de este anticuado anonimato, cobra vuestra existencia. La apoteosis del teatro dramático procreativo, ha de iniciar un habituado preparativo. Serpenteé por los territorios del útero, en busca de un óvulo donde residir, siete días después de expirar la perfección en una fémina.
     Esparcí las extremidades con las sobras de un motivo que ha de ligarme a tu instintivo zócalo planetario y, heme aquí, distribuyendo la armonía de una entidad ajena a la belleza, pues es propio de la terminología de una originalidad, patentada por las raíces ornamentales de las divinas manos que tallan un cuerpo y conciben una individualidad.

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