Los Brezos De Un Sueño


     “Ojo por ojo, y… un beso en las suelas del tacón de la importancia, una muchacha erguida en periodos de embarazo… Donde, ¿Pierde el orgullo como hijo, o engendra a un retoño deformado?”
Mariano Soto

     Las madrugadas del César, no son aptas para menores edad. No te había pensado en todo el día, eras un argumento que alimentaba a las bestias y que acompañaba al fuego, para luego redimir las pasiones inconscientes sobre los sueños. Sin excusa alguna, te pensé…
     Mis brazos suelen descansar sobre mi pecho cuando tomo una siesta, pero dicha noche, la temperatura me obligó a dormir con los brazos estirados hacia las esquinas, posiblemente, esperando que hicieras de las tuyas.
     Y así fue, resbalé con la cáscara del humor onírico, y supuestamente despertando, después de realizar las labores rutinarias de las madrugadas, osé divisarte desde lejos, posada en el balcón con las piernas estiradas, digiriendo cada concepto que se atravesaba en tu vista. Ocupabas tu mano derecha con un libro, y con la izquierda jugabas con tus rizos.
     Al acercarme, sonreíste, y contrajiste tus piernas, para luego levantarte y arrullarme con tu tez fría y al vez confortante… El claro de tus ojos osaba decirlo todo… No obstante, miraste sobre mi hombro y lograste identificar una niña caucásica, pelirroja, con un overol de distintos colores…
Tu boca emitió una oración acompañada con la interrogación:
Brezo:¿Y ella, viene con nosotros? – decías mientras bosquejabas la desilusión con los vista…
Desconocido: ¿La mentira?… La mentira es parte de las parafilias del sueño.
Brezo: ¿Y la ilusión?
Desconocido: Un complemento circunstancial.
     De pronto, vuestro apellido pasó a ser jovial y caritativo, propio de cualquier plebeya de la sociedad, pero la única monarca de mi cuerpo… Donabas una sonrisa cada seis segundos, y las contracciones de tu garganta adornaban esos labios con algo de sonido…
     Mientras reías, situabas tus pies descalzos en cada una de las baldosas que conformaban el suelo… Usualmente, la cerámica rojiza, le regalaba a tu piel un color carmesí, pues tus labios no era lo único que relucía…
     Vuestro cuerpo era una boca, un valle árido de largos atardeceres, delimitados de oriente a occidente por el horcajo del vestido de la tentación, que con su silencio solía decretar un beso, que para humanos era un simple abrazo… Un beso, donde se involucraban los brazos con el dorso respectivo, un tema francés, que no suele darse hasta que no te deshaces de la inocencia y recuperas la confianza para indagar sobre otros terrenos bárbaros.
     Te dirigías hacia la salida, y con el perfume que dejaste en la terraza, me invitabas a subir a tu alcoba… ¿Qué debía hacer? Normalmente no conocía la negación cuando se trataba de la religión del cuerpo de una mujer, así que decidí pisar por donde el presente dejó indicios de tu pasado, y me guió hasta la entrada de tus aposentos, un pórtico que había sido encabezado y coronado por tus manos con la Ley del Talión… No supe como responder, no necesito la vista para disfrutarte, ni los dientes para esbozar un beso. Aunque morderte sería el agrado perfecto, para poder degustar el sabor de tus esencias…
     Una interrupción debutó en el momento preciso en el que decidí admirar tus espacios, una ligera voz, que de fondo, solía parecerse a un instrumento de viento que revoloteaba las golondrinas de mis sentidos con el incesante placer de encontrarte…
     Una ventana abatible con apertura al exterior, dejaba pasar el espectro de luz que provenía del resto del día. La curiosidad del sol ataviaba el violeta de las cortinas que ondeaban por causa del viento leve que paseaba por vuestra alcoba. Vuestra cama, era un festín de sábanas amarillas que pedían la unión de dos cuerpos… Y así fue… bruscamente me lanzaste sobre el lecho sagrado que tus padres pagaron con tanta alegría… Mas no observé tu cara… Trepaste prontamente, tus piernas las posaste sobre mi pecho, colocándote detrás de mis hombros repitiendo votos maritales, que iban a ejercer el divorcio después de la derrota del acto… Mientras escuchaba el balbuceo, solo prestaba atención a tus piernas, que desfilaban de pronto hacia norte y sur, dejando una breve sensación, que al rato, se volvía a percibir con mayor intensidad…

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