Daniela: "La Chica del Corsé Roto"

Una breve llovizna se asomó en la espalda trajeada de mi chaqueta. Pensé que se había precipitado el cielo, sin embargo torné mi cabeza hacia atrás para encontrar respuesta a ello. La inercia entre las olas y las rocas hubo de adornar con variantes de claro oscuro mi vestimenta y, un poco el periódico que llevaba al costado de mi izquierda, mientras mi derecha hacía bocanadas de humo tras lanzar la colilla del cigarro que aterrizaba en el malecón de aquel entonces.
Reaccioné de manera tardía al darme cuenta que vuestra imagen en el diario matutino de aquel 22 de enero de 1920 se había empañado cerca de lo que insinuaba ser vuestro cuerpo en primeras planas. Enfurecido por perder la única prueba de vuestro reconocimiento, remeneé todo el torso mientras daba palmadas a la palmera que me escondía del sol frente a mi cara, y que coloreaba en el rostro de todos el rasgo oriental de unas tierras lejanas.
Luego de haber expresado el ligero enojo que me provocó no haber protegido vuestra belleza expresada en noticias, procedí a acomodar el interior de la camisa blanca que compartía un contraste con el chaleco negro que adquirí 20 minutos atrás. Debía prepararme para vuestra llegada, ya que no sabías que te esperaba.
Lo que te traía siempre a vuestro camino habitual era aquel lugar donde laborabas. Los españoles lo llamaban puticlub, la nobleza francesa burdel, los americanos strip club, y yo, por su nombre, Corsé… Solías llegar a eso de las cuatro y treinta porque te gustaba preparar el espacio particular que te había obsequiado el establecimiento. Yo no sabía nada de eso de forma presencial, que conste, no te espiaba. Todo hombre que te deseaba lo sabía por el espacio usual que se mostraba en la parte trasera del listín, siendo vos, la clave publicitaría de los que se hacían de dinero contigo.
Temía distraerme con cualquier cara que caminaba por vuestros repetitivos lares. Era usual encontrarse con troncos de mujer que te hacían tropezar y manchar lo que vestías. Entre la falta de pruebas y lo tanto que hipnotizaba cada cuerpo femenino que pasaba, hubo un breve silencio. Lo único que se asemejaba a tal silencio era cuando la dictadura izaba su bandera. Nunca pensé que un coche se detendría, abriera su puerta y bajara, para honrarte con el sombrero de chofer colocado en el corazón. No era lo que imaginaba, ni lo que había leído en dicha mañana que compré el diario.
Tras tanto asombro decidí rebuscar lo único que se movía, que obviamente, eras vos. Con vuestro sombrero cloché, tus mejillas de atardecer, y el estilo flapper que te caracterizaba. Ambientabas con vuestro cuerpo tus ideologías, ya que no creías en el corsé que ataba a muchas en la época, ni de las que hacía representación en vuestro espacio de trabajo.
Anonadado por la falta de detalle que informó en mi las noticias, simulé la búsqueda de cigarros y trate de llevar uno a mi boca, pero pereció en las alcantarillas al resbalarse de mis tontas manos mientras observaba cada golpe de caderas seguido del sonido de las zapatillas que realizabas adredemente. El eclipse de vuestros ojos me hizo abandonar lo estático que me mostraba, por ende, irrespeté el momento con mi movimiento precipitado.
Crucé la calle sin miedo alguno. No quise acercarme por respeto a vuestro caminar desinteresado. Me vino en mente ser caballeroso contigo, y decidí en nervios abrir la puerta para elogiar tu paso. Sonreíste como tradicionalmente le haces mueca a hombres, y a ello anexaste un gracias.

No recuerdo la última vez que un hombre me abrió la puerta – decías, tras darte la vuelta con la confusión de recordar –.

– Mi respuesta fue tan irónica como exhaustiva para tu burla – ¡No vengo a menudo!

Vuestra risa se escuchó en el eco del pasillo negro que guiaba a vuestro destino, y el destino de otras. Diste vuelta, y seguiste en marcha, ya sabrías que era un pobre tonto que solo admiraba tu estética. Sin embargo, inteligentemente, pronuncié vuestro verdadero nombre, cosa que no recordabas porque te llamaban Daniela: “La chica del corsé roto”.
Suspicazmente me arrastraste a la habituación donde cortejabas. Me interrogaste precipitosamente con el argumento de “¿Cómo sabías mi nombre?”, con el que yo respondía que “Era un buen lector de la época”. Pronuncié ciertos títulos literarios de azar que hacían ilusión al sol, a las especias, a las edades, incluso, al gran guerrero que conquistó Troya y a su debilidad. Sin dar explicación de lo que vuestra cara expresó, discursé lo siguiente:

Verás, más bien, escucharás… – Comencé a frotarme la barbilla para encontrar una explicación válida –. Tengo esposa y una hija en la espera. Es un compromiso ya estar aquí con el ideal de no admirar vuestro cuerpo. Es tentador a su vez, y llama a lo infiel que puede ser una circunstancia. No obstante, todo cae por la virtud que tienes en la dialéctica de lo escrito…

Vuestras palabras interrumpieron el resto de mi oración compuesta. Fuiste testaruda y afirmaste conocer lo que mis labios producían. Así mismo, te encaprichaste al exclamarme lo público que era vuestra existencia. En un segmento de vuestros silencios os dije:

Nunca mezcles vuestra profesión con lo que vuestra escritura aspira. Ya que los hombres que desearan leerte, preferirían fornicarte,  y hacer de vuestra escritura el reconocimiento de todos. Ellos querrán entrar en vuestras prosas y versos, pedir por boca lo que piden de vos al financiar vuestros servicios… Y querer… ser el registro histórico de a quienes les gusta, lo que no os pertenece…


Boquiabierta permaneciste por la indignación. Me sacaste a patadas y golpes por todo el pasillo negro, que me pareció, al fin y al cabo, más largo de la cuenta…

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