Sueños Que Viajan Al Oriente

“Este insomnio que sueña, es quien te desnuda”
Mariano Soto

     La noche se expresaba en azabache y en su dialecto me resguardaba, pero en su sombra observaba palabras de luz, destellos de un juego de sábanas blancas que hacían refuerzo de mi insomnio. Sin exageración alguna, pareciera que el neón de los coches, de los faroles malditos que se nos interponen en la cara de nuestra vía contraria, decidieran estrellarse cerca mi iris, tan cerca de los bastones y los conos que se distraerían ante tal ruido imperioso y sofocante.
     Sabría decirte que en aquel momento era tarde, y en su traducción de “tarde” podrían haber sido las cuatro de la madrugada, quizás las cinco, quién lo sabría,  en realidad no me importaba. Todo sucedía porque no te pensaba.
     Era un canal banal de noticias humanas, que convertía lo social en vagas primeras planas: que si el desempleo en mi proyección de desempleado, que si los padres a sus hijos en mi manifestación de desagrado, que si las muertes en condensación a mis juventudes, incluso, en ocasiones, que si la tasa del dólar tenía que ver con lo que consumía en la compra de preservativos y otras vicisitudes; solían ser el resumen del bicho insomnio que te soñaba.
      Sin embargo, vine configurado con la tradición humana, de ser animal vencido cuando insiste en cumplir con sus ganas… bien sabes, como las ganas que han de tener los insectos en vampirizar vuestra sangre y, terminar exentos de conciencia para morir con lo que era vuestra estática fachada, a la espera de un buen manotazo que los dejara vencidos y postrados entorno al perímetro de tus auras.
     Así caí, análogamente con vuestro guantazo de esperas, como si me abolieras la cara con un zurrón de piedras.
     Tras la muerte del insomnio te soñé, y debido a sus inicios intuí que su mano no te había tocado, porque justo te habías aparcado junto a mi, con la intención de haberme in-creiblemente anhelado para mojarme las mejillas con vuestros besos cargados.
      Pronunciaba vuestro nombre como si se tratará del latente pronunciamiento del calor de estos días, o como si renombrara algún famoso estribillo de una artista. Para ego, todo el diccionario empezaba con la capital de vuestra última letra alfabética, seguida de tu opuesto en posición, argumentada por la mudez de un de ellas y terminada con la definición de la ira, que poseía, tras no verte durante largas décadas en los sueños.
     No fui responsable de lo que pasaba, desagradaba que el hecho no contuviera una escena de vuestra desnudez compensada o una pequeña pieza orquestada de vuestros gemidos. Se trataba básicamente de un pequeño alarido que me dejaba la constancia de que os necesitaba.
     Luego de vuestro beso de lluvia, salimos a aventurear por el utópico Santo Domingo que se mostraba. Diste paso a mi auto y con vuestra comodidad argumentabas que estabas lista para rodar.
      El recorrido fue sobrio, nada interesante parecía salir de aquella ruta turística que se anunciaba. Plácidamente, no recordaba lo que en entorno observaba, mas si remembraba vuestro rostro clavado en la láminas de calles que nos aguardaban.
    Debo confesar, que traté de llevar mis manos a vuestro hombros, con el objetivo de ostentar vuestros compensados senos. Lo había logrado sin esfuerzo alguno, sin embargo, no tuve respuesta de ello. Fríamente enmudeciste sin dar reproche o elogio sobre mis acciones. Esperaba, quizás, agregué esto mientras escribía, una buena bofetada, o una carcajada que me apartara de allí.
     Del otro lado del mundo, mi cuerpo soportaba cuatro horas de descanso para la mañana siguiente, de alguna manera u otra comandaron la finalización de mi satisfacción.
     Una pausa ilusa nos transportó a una calle donde los policías de tránsito trascurrían, cotorreabas en humano sobre vuestro trabajo como veterinaria, mientras yo parqueaba el coche en una de las esquinas. Otra pausa, menos ilusa –introducida por mi olvido al escribir– resaltó mis manos entre tus azucaradas y mestizas piernas, bajo los jeans recortados que portabas. Vos, entre el gemido de ser tocada y la desesperanza de ser violada de tal manera, registraste mis brazos y su posición, alternabas los movimientos que enunciaban: “quédate un rato más” y “ya sal de ahí”. Reconocía que una fuerza inusual me controlaba, mientras los policías de transito se acercaban, para levantarme de aquel sueño impávido de lo que realmente deseaba.

      El sol se expresaba en ocre y en su dialecto me resguardaba, pero en su luz observaba palabras de sombra, apagones del deseo que me recordaba que estaba comprometido y que ella no me “soportaba”…

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