Mujer Con Morbo

Te vi pasando con vuestro vestido de selva magenta entre el ruido. En ese momento ya me marchaba. Tenía entre los labios cebada con whisky y un tambaleo que lo acentuaba. Era mi sexta copa que había abandonado en la mesa, luego de cuatro vasos de cerveza.

Esquivaba los vehículos de las faldas cortas y los pantalones con tal proeza, que me creía preparado para otras rondas de alcohol sin recibo. Pero planeando sobre la fiesta con inequívoco objetivo decidí: crear mi salida.

Había premonición de turbulencia. Una vaguada de humanos se acercaba para servirse la cena. Se recomendaba, meteorológicamente, pedir permiso para no enfadar los vientos de las manos y, usar abrigo para taparse las fosas nasales: por los indistintos e indecorosos olores a humanos (Saben: el grajo, la nicotina y los perfumes estruendosos).

Pasada la maniobra del permiso, se divisó a siete metros de allí el destino. Una puerta de cristal con mango cromado engrampada hacia sus costados con planchas de vidrio adornado. Sin embargo, a pocos centímetros de ego se hallaba un camino de agua de arroz con atuendo. Era un vestido que no se estiraba a las rodillas. Tenía un grabado púrpura con sombras de árboles secos y tonos de atardecer.

La selva magenta de vuestra vestimenta hacía contraste con la montura negra de vuestras gafas empastadas, como también lo hacía con la tez caucásica veraniega que portabas.

En una milésima “el” destino se había esfumado y se convertía en “tu” destino. Esa puerta con mango de cristal y adornos de cromo engrampados hacia los extremos con planchas de mármol… ya no significaban nada. Era el agua de arroz con gafas y atuendo de selva magenta quien me interesaba.

En gesto de caballero anclé mi paso, dando paso a vuestro paso que se paseaba por la pista. Y como quien no tiene prisa, te exclamé ¡Qué Guapa! a “simple” vista.

Cosmológicamente esperaba un agradecimiento de vuestra parte. Te tornaste hacia la dialéctica de mis palabras con un ceño fruncido que se expresaba en asco. Tuve que agregar verbos a vuestro gesto para entender lo que no había funcionado. Y comprendí que el contexto cultural no me había ayudado.

Por eso escribí:

“Mujer con morbo,
Lo de guapa
no es recomendación de mi mórbido falo…

Insisto,
Es un elogio sobrio.

Independientemente de lo ebrio que estaba…”

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