Marcela I

     Marcela hablaba cantonés y maldecía en afgano.  Recuerdo haberla incitado a odiarme por un par de días. Sus insultos eran elocuentes, y yo, no más que me reía. Le “encantaba” verme tirado, rodando y privado de alegría.
     Con su gesto de asombro me hizo un muelle de espinas. Un lugar para dormitar en eterno rencor de sus heridas. Le había pedido perdón por haberme sobrepasado y me cortó los ojos, dejándome en una esquina, abandonado.
     Le supliqué a Marcela que me tocará. Me respondió con una bofetada y me preguntó si ya estaba satisfecho. Le insinué mi negación y la abracé con la cara en su pecho, levantándola, conquistado por su osadía.
     Marcela no me comprendía. Aún cuando su especialidad eran los locos. Cada vez que desertaba de mi compañía, volvía con los brazos cruzados y con la cura de mi rebeldía. Yo, a Marcela le decía que era poco, lo que me administraba.
     Mi cura era ella y sus caderas sobre mi cadáver, le insistía. Era una experta en reanimación y necromancia. Le decía, que cuando la pendiente de sus ojos se desorbitaban en sinuosos movimientos de felicidad, su nombre se maquillaba en sus mejillas, con la idea carnavalesca de los azotes, los cuernos y las diabluras.
     Marcela carcajeó con agresión. Me informó que no tenía deseos de sanearme con sus suministros. La besé en algún lugar del mapa de su rostro y encontré, su boca siendo mordida por un gesto de desmesura.
     A Marcela le quedaba, solamente, un poquito de cordura… Enfureció, como quien pierde ánimos de seguir debatiendo. Agarró una charola para advertirme de que me iba a servir dicha noche.
     Me sirvió en solitaria manifestación de su carisma físico. Había preparado cena para dos aquella noche. Guardé el resto para el día venidero. Me lancé a la cama.
     El alcohol, que para tres daba dicha madrugada, paró sobre mi hígado. No conocía el derecho de estar vivo. A la mañana siguiente desperté entre los estropajos del polvo y el calor. Con sabor a plástico entre el sueño me vi.
     Divisé el reloj para la hora. Pero una mano me estorbó frente al tiempo. Marcela, semidesnuda convirtió mi tarde en media noche con sus dedos de minutero. La tal puta con cariño arqueó sus labios mientras fumaba. Me había servido en inconsciencia. Me expresó en susurro de su venganza y argumentó haberme suministrado una sobredosis de sí misma.
     No le creí. Marcela en el amor me dejaba una huella en el cuello, y esta vez, la tenía en el transverso de la palma. Hacía eso, cuando realizaba un cover de canciones justo antes de desvestirse y dormir. Era una constancia de que podía entrar y salir cuando me plazca. Sin embargo, era una entrada y salida volitiva; y con volición no contaba…
     Marcela dejó evidencia de la noche y mi inconsciencia. Un audio donde cantaba, mientras, sus caderas curveaba. Expresó como medicamento su nuevo número de móvil y, a la siguiente noche, la llamé con las mismas botellas vacías en suposición de mi derroche… Mi venganza se convirtió en su estrategia… Su beso caminó las cuadras necesarias para, al siguiente día, dormir en el motel de mi cuello.



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