Marcela

     Marcela me había contactado aquella madrugada del viernes. Me pidió un par de chaquetas para compartir el frío. No hubo oposición por mi parte. Le saqué un par piezas de abrigo donde cabían dos.
     Con unas palmadas sacudí el polvo del verano guardado de la ropa. Los estrujaba sobre mi rostro en busca de cualquier olor indecoroso. No había ningún indicio de hedor en ellas.
      Marcela me esperaba en la sala. La encontré abrazada al radiador. La disfracé de esquimal y le besé la frente. Carcajeó sobre el drama que hacía.
      Se lanzó al sofá. Abrigó lo ligero de sus piernas sobre su abdomen y, me llamó con el púrpura de sus labios.
      Marcela me contagió su frío. La tuve que cubrir con los brazos como sábanas que hacen Andes sobre los cuerpos. Echó raíces con sus piernas. Se arraigó como hiedra a mis rodillas. Hizo sonar dos besos de buenas noches y, perdió conciencia.
      Seis horas más tarde, Marcela, se desenroscó. Pasó por su boca, carmín. Me dejó las gracias en la mejilla con la huella de su beso y, se marchó.
      En una servilleta con el óleo del café desparramado me escribió:
      
Os dejé un par de croissants en la mesa. Solo tienes que encender la cafetera y, esperarme... que esta noche no hará frío…

Marcela

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