Marcela II

Marcela andaba en busca del amor pero tenía demasiada prisa, y en su libreta telefónica solo habían eyaculadores precoces. Opinaba sobre el amor como Moro hablaba de utopía. No existía un buen falo que la convencía.

Le dije que me ofendía porque yo estaba en su libreta de contactos. Carcajeó la muy guarra. Me exclamó que de ello no me preocupara. De hecho recordé, que nunca me pidió el móvil. Marcela siempre vivió un piso más abajo.

Le hablé de moral, de Jesús, de los que decían aquellos con ojos cerrados. Se burló de mis creencias y me pasó un preservativo para ver si follábamos. Me negué a caer rotundamente entre sus agarras pero ya aruñado. Como grieta en el camino que adora a la gota constante me entregué, ante su insistente dedo que me puyaba para intentarlo.

Marcela se desvistió como el verano. Yo le exigí que fuera como el otoño. Un árbol no se despoja en un santiamén de sus hojas.

Celebramos misas de réquiem para sus ropas. Las pateábamos bajo la cama para darle “Santa” sepultura. Dios nos quería ver desnudos y el Diablo quería ponernos la ropa. Con su binocular voyerista, Dios, nos vigilaba, mientras que el Diablo con la escoba intensamente golpeaba la pared del otro quien era vecino.

Marcela aún tenía prisa. Ni siquiera el coito había iniciado. En enfado me obsequió el rosa de su espalda. Yo le regalé un soneto. Ella me respondió con su elegante piel de erizo. Le regalé el verso, la estrofa y luego una décima improvisada. Marcela rimó todo lo que balbuceaba.


Marcela me expresó que la tenía grande y gorda. Le respondí que con buena literatura dicha “virtud” se conseguía. Ella me dijo que hablaba de la polla. Carcajeé, yo hablaba de la rima. Marcela opinó que hablábamos de lo mismo. Y yo, no diferí de su argumento.

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