Una Brújula Que No Marca Oriente

     Nadie sabía donde estabas. Los habitantes se perdieron entre los signos de vuestro rastro. No había huellas frescas, perfume fresco, brisa fresca. Había calor de verano. Teníamos que buscarte con sombrero, con paraguas, al fin y al cabo, cubiertos de algo. Nos limitaba lo que nos tapaba del horizonte, mientras deprimidos buscábamos mirando hacia abajo.
     Encontramos colillas, condones y envolturas, pero ningún paso hablaba de vos. No fumabas ni fornicabas con protección, y los dulces te sentaban mal.
     El sol nos arruinó la piel y vos el alma. Una curaba mejor que otra, pero el ardor solo lo quitaban los años.
     Lo que quedó de vos se perdió por las tuberías. Entre el jabón y la esponja se estrujó el último censo de vuestro labios. Más tarde, se subastó la taza que el bar-man había fregado. La tristeza pagó por ella: 10 hectáreas de recuerdo.

“Y si acaso intentas regresar, vuelve con otro nombre, cámbiate el peinado, súbete más la falda. Apriétate más los dientes, hazte otro hoyo en la oreja, cámbiate de calzado. Déjate crecer las cejas, no uses camisas de cuadros, ponte un anillo en la mano. Que aún en este pueblo avaro no creemos en leyendas.”

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