Sasha

El knock knock de Sasha era asonante. Parecían negaciones en eco cada llamada del “estoy al otro lado”. Debía temerle a la puerta hueca cuando ululaba de tal manera. Sasha conocía todos los versos que podía expresar la madera. Sonetos del crujir, serventesios del chirrido y el rap de los portazos. Tocar once veces no era  su problema, al contrario, era su virtud. Lo inconveniente, el conflicto y la dificultad solía ser la bienvenida.

La muy ladina odiaba los tempranos recibimientos. Había que aguardar la prisa hasta el primer terceto de su ruido hueco.  Y pobre aquel quién dejase terminar su percusión. Sasha era diestra con las ganzúas, el drama y la sugestión.

Cerca del requisito de sus frases endecasílabas se descifró el fin de su ritmo. Todas las cualidades que comparten lo “entreabierto” citaron la circunstancia. La puerta, sus piernas y los brazos en “mayor y menor que” descansaban en sus caderas. Sasha era una “V” por doquier. “V” que acompañaba el más suelto de los vestidos negros, el más catatónico de los tacos.

Vivía ahorcada con un choker céltico. Entretenía su boca a besos, a dulces o, a San Gabrieles: un tulpa recreado como santo que osaba perdonar las décimas de sus pecados. Tanto el de sus poesías como el de los microsegundos en que ejercía su “mal”.

No le prestaba atención a lo que fuese “privado”. La mayoría de sus estudios acababan en una concentración comunista. Se servía de lo que archivaba la casa y de lo que mis afectos producía. Sasha tomó el bocadillo más agrio de mi conciencia. Se restregó el cuerpo con ese aperitivo de la emoción y lo dejó secar en frío.


Pillar el peor de los resfriados hacía valer su presencia. La mucosidad psíquica era el más siniestro de sus resultados. Aún herido se podría afirmar que disfrutado.  Sasha era de esas que provocaba pasar sobre los viejos remeros y los canes;  de esas que interpretaban de exquisita manera bajo la piel.

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