La Dinámica de la Carne

     ... La Vida coleccionaba arrugas y pecas en su tiempo libre, y en ocasiones, bolsitas debajo de los ojos. Lo hacía usualmente en horarios de trabajo, principalmente en el pequeño lapso entre inmigrantes. Trabajaba como inspectora de aduanas, legalizando las almas, reteniendo paquetes del destino y cobrando impuestos a los resurrectos. Mucho antes de concebirla, entregaba un pequeño folleto que contenía el texto de la “dinámica de la carne”.
     El texto gozaba de una ingrata sencillez. Pequeñas letras repetían una y otra vez la condición de una entrada con salidas indeterminadas. Pero lo más importante para quienes aceptados serían, era el carné que portarían. El carné era el pseudónimo del cuerpo. Posiblemente se trataba de un eufemismo, ya que sin un cuerpo no se permitía el paso a ningún paraje del universo.
     Lo definían como la tarjeta exclusiva de presentación, o el accesorio necesario para ejecutar las acciones del deseo en el “plano existencial”. Sin embargo la Vida no lo veía del tal manera. Concebía la imagen del cuerpo como una extensión del lenguaje del alma. Concretaba que a pesar de la tesis genética y los moldes geográficos-culturales, el cuerpo, podía adquirir su esencia mediante un ejercicio espiritual.  Y dicho ejercicio no dependía de una creencia razonable y/o emotiva, más bien, obedecía a los cánones de una voz interna, sepultada muy lejos del significado de los brazos, las piernas, la mente, el corazón y los huesos.
      Esa voz, simplemente, era aquella habla inmigrante, que olvidó el significado superficial de los carnés. “El plástico no contempla como cambia el río, pero si informa que tanto moja” –argumentaba la Vida–.

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