Sol de Vergina

     El Atlántico era un vaso de ron con hielo a la deriva. Dulce por sus rizos, seco entre la cintura, frívolo a la hora de pensar, y un poco latino al querer mover los pies. Disfrutaba broncearse el torso, helarse las mejillas y exfoliarse las piernas. En ocasiones, cuando le quemaba mucho el sol, le pedía a los niños un poco de sombra. Pero los niños le producían un malestar, la inquina de los huracanes que le revolvían el estómago.
     Quienes vivían cobijados en sus caderas conocían la necesidad de curar su piel. Por ello le regalaban cinco meses de aquellos doce de puro calor para atender a sus heridas. La lluvia azotaba en suposición del invierno. El viento le hacía bromas a las palmas, las desnudaba con inocente hostilidad. Las nubes escondían al sol eterno. Gran parte de su cuerpo sanaba, y las restantes, se arruinaban. 
     Lo que no recordaba el Atlántico de sus antiguas clases de química era la definición del "choque térmico". Islas frágiles como el vidrio decían que sus gotas de sanación eran una estafa. Las quejas se elevaron al cielo, aumentando las tasas del efecto invernadero. El frío huyó, y el calor declaró una monarquía parlamentaria. Participaba en las decisiones democráticas, en ciertas actividades sociales, desde la pobreza a la oligarquía. 
     Muchos no solían ser simpatizantes del calor. Preferían refugiarse en el cuello, en el pelo, en las rodillas del Atlántico. El vaso de ron con hielo a la deriva se convertía en vino tinto para unos, en vodka para algunos, en ginebra, cerveza, whisky o coñac para el resto. Los buenos motivos, para aquellos oriundo de sus caderas, siempre andaban acompañados del alcohol.
     Quizás, para ego, no habría sido la mejor razón para cruzarlo. Detrás de las ganas de tomar existía el apuro de la expresión. El clima había derretido la metáfora y la analogía, solo andaban los recursos literarios más básicos, la realidad y la rima. Ambas lucían el mismo traje día tras día. 
     Vivir a los hombros del titán parecía ser un idilio, y sin embargo, una pequeña muestra creativa. Partir desde la falda ibérica al más allá era un juego de adolescentes a simple vista, no obstante, algo de adultos escondidos en lo mínimo. Encallar en el adoquín adecuado, abordar entre la multitud y desafiar la inercia con la quietud, eran las virtudes de un cuerpo joven y la templanza de una madurez.
     El paso se desgastaba en independencia de sus dones y capacidades. Todo lo nuevo parecía distraído. El equipaje era denso. Jerseys del ayer, vaqueros de arena roja, calcetines con olores amarillos, zapatillas sin huella en las suelas, accesorios y cosméticos de lo habitual arrastrados por las losas del cambio. Intactos, orgullosos y soberbios. 
Remolcar el pasado traiciona la vigilia. Las aptitudes se renuevan. Todo vuelve ser atento. Los ojos se los roba el detalle, el tacto la textura, la escucha en los acentos. Pareciese un tesoro muy a la vista. Intocable, permisivo, provocante... Aún así, normativo. 
     La analogía y la metáfora no eran muy admiradores de lo explícito. Preferían aquellos Soles de Vergina. Sistemas estelares hecho cajas de coqueterías que determinaban lo único. Pero "lo único" era sinónimo de las aventuras. Una de ellas era arqueóloga y la siguiente astróloga. Mucha tierra, vasto cielo. Reconocían que entre el firmamento y el suelo se ocultaban dicho soles.
     Con las miradas en paralelo, la primera, pisa las academias. La segunda, distingue los astros. Las pecas del universo. Y entre mucho de los rostros del cielo encuentra, la metáfora, una estrella. Mas entre mucho de los conocimientos de la superficie encuentra, la analogía, su vocación. Un cuerpo celeste que educa no parecía usual. Una de ellas la comparó con la emoción del caudal de los ríos, la otra, con la fantástica ilusión de los equinos alados. Yo, la comparé con las curvas suicidas, con las pendientes más rápidas e intrusivas. 
     Pareciera un capricho de extremos su tan agregada valía. Vivir bajo los  cuidados paliativos del ayer ya era suficiente. Dejarse morir era lo más conveniente. Y renacer, de la mano de sus dieciséis rayos, pero lejos de su vista ajena: recomendable, aconsejable, digno... Y así fue, recomendado, aconsejado, indigno. Al fin y al cabo, la analogía y la metáfora ya tenían nuevas profesiones, la realidad y la rima distintos significantes... Y el Sol, una nueva Vergina...

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