Los Pies De Roma

     Tus dedos, la planta, el tobillo, los costados y su lunar... Todo se repetía una noche de frío sin dueños. En búsqueda de los mejores recuerdos para conseguir calor, pensé, en tu mancha, la boca, las ojeras disfrazadas, el cuello, tus olores. Pero no hubo mejor sábana que la piel erizada, lo que me produjo tus pies de amor...
     Si algo deseara conservar de vos, me concentraría en tus piernas. Esas, las que no atendían a la ética pero si al deseo, buscaban entre todo lo gélido, un costado, un reverso de rodillas para experimentar el compromiso de la supervivencia.
     Quizás, no había propósito, de hecho, me atrevo a firmar con el cuerpo: que lo necesitabas; pero no lo hacías por una ley afectiva, lo lograbas con simpleza. Y hoy, entre tres a cuatro años de ausencia, te cito en lujo, sin interesarle al más idiota de los fieles pensamientos, más bien, seduciendo al más tonto de los recuerdos, para que permanezca, a tu lado, junto a tus pies de Roma.

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